- Dime hijo.
- No entiendo una cosa…
-¿Qué es lo que no entiendes hijo?
- Veras… Si papa es una tuerca y tu una rosca ¿Por qué yo soy un tornillo?
© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)
- Dime hijo.
- No entiendo una cosa…
-¿Qué es lo que no entiendes hijo?
- Veras… Si papa es una tuerca y tu una rosca ¿Por qué yo soy un tornillo?
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“Me quiere… no me quiere…” Iba diciendo la tortolita, mientras deshojaba una a una las hojas de la margarita. Tal era su estado estúpida ensoñación que no percibía los horrendos gritos de dolor de la sufrida florecita.
© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)
Se sentó sobre el taburete y contempló su obra, aquella era una apuesta arriesgada pero seguro que la critica volvería a considerarle (como siempre hacían) un genio, el dios de un nuevo estilo de cocina.
Se levantó muy feliz tomó la bandeja y salió raudo ante su público que le esperaba ansiosos por ser los primeros (y últimos) en probar aquellas maravillas.
© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)
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© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)
© Pep Bussoms - 2008 (Todos los derechos reservados)
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© Pep Bussoms - 2008 (Todos los derechos reservados)
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Aparecieron cuando acabó de llegar el último de los contactados. Una por cada lugar de encuentro. Lo hicieron en silencio, algunos esperaban un juego de luces que tiñese de un brillo inusual el amplio marco del cielo ya fuese de día o fuese de noche. Pero no fue así.
Los contactados contemplaron el descenso de las naves sin musitar palabra. Así eran las reglas y así deberían de cumplirse para que todo fuese bien. Algunos hacían fotos, otros filmaban video, otros se abrazaban y lloraban emocionados. Para ellos era el día más feliz de su vida, en algunos casos era un día en el que la verdad, tanto tiempo oculta por oscuros intereses lograba salir a la luz.
Las grandes naves circulares permanecieron unos minutos sobre todos ellos, sin hacer absolutamente nada espectacular. Solo girar lentamente sobre sí mismas y soltar algún que otro centelleante destello, tan leve como el de un flash de una cámara. Todo el mundo esperaba. Muchos de ellos pensaban que "Los Hermanos de Espacio" habían venido a recogerlos y portaban en sus espaldas y manos todo tipo de equipaje.
De repente las naves comenzaron a girar muy rápidamente, sobre sí mismas. A unos escasos cien metros del suelo, sincronizadas unas con las otras. Emitían un sonido parecido a un zumbido intenso y grave pero nada molesto. Los congregados no se apartaron de ellas en ningún momento. No había que tener miedo. Habían venido en son de paz...
Nadie en toda el planeta se dio cuenta de las implosiones. Ni los contactados ni los foráneos. Fueron tan silenciosas como eficaces. Las naves cumplieron su cometido y limpiaron la faz de la tierra aquellos que habían sido alguna vez testigos de su presencia a lo largo de los últimos 70 años de la historia de la humanidad. No quedó nada de nadie en los puntos de reunión, ni siquiera pertenencias. Nada que fuesen para ellos un incordio y que hubiese puesto en peligro su anonimato . Era como si hubiesen activado un enorme aspirador y se los hubiese tragado la tierra. Bueno en teoría no era así. Ahora todos los contactados no eran más que moléculas microscópicas que flotaban en la inmensidad del espacio.
© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)
Nuestro piso es tan pequeño que compartimos cama con el vecino y su mujer. Medio baño es suyo por lo que siempre, por las mañanas, se hacen colas interminables para ducharse, o para hacer aguas mayores o menores. La cocina es espaciosa y casi cada uno tiene la suya, aun así nos corresponde fogón y medio que causa más de un conflicto, sobre todo los domingos cuando ambas familias hacemos cada una nuestra propia paella.
Mi hija tiene que dormir como un cuatro en su cama porque el hijo del vecino ocupa la otra mitad. Tendemos la ropa a medias y usamos dos lavadoras, una apilada sobre la otra. Lo único que es de uso privado en ambas casas son la puerta de acceso y salida, el recibidor, el salón y el balcón.
Lo más curioso es que después de tantos años conviviendo juntos no somos unos vecinos tan unidos como parece. No solemos hablarnos mucho. Sólo saludarnos por la mañana o cuando nos cruzamos en cualquier rincón. Somos como podrías ser tu o yo: cada uno en su casa viviendo su vida por su propia cuenta.
© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)
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